jueves, febrero 27, 2003

Amor.

Porque cada día que te veo lloro en silencio mi desdicha de tenerte tan cerca y no poder amarte. Porque por las noches aun doy vueltas sobre la cama pensando en ti, solo, fumando y escuchando el apacible silencio de la noche, noche tan larga, noche tan llena de dolor. Porque se que mañana te veré y ocultare mi sufrimiento con esa sonrisa que tu tan bien conoces. Porque aun no te he olvidado y recuerdo nuestro amor como si hubiera pasado ayer. Porque te extraño, porque te quiero, porque te amo. Por eso ahora mi amor te dedico estas líneas. Por eso ahora mi amor... Te amo.

Bruno Drake.

jueves, febrero 06, 2003

Por este dia haremos una excepción he incluiremos un relato de un autor que no es latinoamericano pero si muy bueno.Me refiero al maestro Charles Bukowski.

Deje de mirarme las tetas, señor.

Big Bart era el tío más salvaje del Oeste. Tenía la pistola más veloz del Oeste, y se había follado mayor variedad de mujeres que cualquier otro tío en el Oeste. No era aficionado a bañarse, ni a la mierda de toro, ni a discutir, ni a ser un segundón. También era guía de una caravana de emigrantes, y no había otro hombre de su edad que hubiese matado más indios, o follado más mujeres, o matado más hombres blancos.

Big Bart era un tío grande y él lo sabía y todo el mundo lo sabía. Incluso sus pedos eran excepcionales, más sonoros que la campana de la cena; y estaba además muy bien dotado, un gran mango siempre tieso e infernal. Su deber consistía en llevar las carretas a través de la sabana sanas y salvas, fornicar con las mujeres, matar a unos cuantos hombres, y entonces volver al Este a por otra caravana. Tenía una barba negra, unos sucios orificios en la nariz, y unos radiantes dientes amarillentos.

Acababa de metérsela a la joven esposa de Billy Joe, le estaba sacando los infiernos a martillazos de polla mientras obligaba a Billy Joe a observarlos. Obligaba a la chica a hablarle a su marido mientras lo hacían. Le obligaba a decir:

-¡Ah, Billy Joe, todo este palo, este cuello de pavo me atraviesa desde el coño hasta la garganta, no puedo respirar, me ahoga! ¡Sálvame, Billy Joe! ¡No, Billy Joe, no me salves! ¡Aaah!

Luego de que Big Bart se corriera, hizo que Billy Joe le lavara las partes y entonces salieron todos juntos a disfrutar de una espléndida cena a base de tocino, judías y galletas.

Al día siguiente se encontraron con una carreta solitaria que atravesaba la pradera por sus propios medios. Un chico delgaducho, de unos dieciséis años, con un acné cosa mala, llevaba las riendas. Big Bart se acercó cabalgando.

-¡Eh, chico! -dijo.

El chico no contestó.

-Te estoy hablando, chaval...
-Chúpame el culo -dijo el chico.
-Soy Big Bart.
-Chúpame el culo.
-¿Cómo te llamas, hijo?
-Me llaman «El Niño».
-Mira, Niño, no hay manera de que un hombre atraviese estas praderas con una sola carreta.
-Yo pienso hacerlo.
-Bueno, son tus pelotas, Niño -dijo Big Bart, y se dispuso a dar la vuelta a su caballo, cuando se abrieron las cortinas de la carreta y apareció esa mujercita, con unos pechos increíbles, un culo grande y bonito, y unos ojos como el cielo después de la lluvia. Dirigió su mirada hacia Big Bart, y el cuello de pavo se puso duro y chocó contra el torno de la silla de montar.

-Por tu propio bien, Niño, vente con nosotros.
-Que te den por el culo, viejo -dijo el chico-. No hago caso de avisos de viejos follamadres con los calzoncillos sucios.
-He matado a hombres sólo porque me disgustaba su mirada.

El Niño escupió al suelo. Entonces se incorporó y se rascó los cojones.

-Mira, viejo, me aburres. Ahora desaparece de mi vista o te voy a convertir en una plasta de queso suizo.
-Niño -dijo la chica asomándose por encima de él, saliéndosele una teta y poniendo cachondo al sol-. Niño, creo que este hombre tiene razón. No tenemos posibilidades contra esos cabronazos de indios si vamos solos. No seas gilipollas. Dile a este hombre que nos uniremos a ellos.

-Nos uniremos -dijo el Niño.
-¿Cómo se llama tu chica? -preguntó Big Bart.
-Rocío de Miel -dijo el Niño.
-Y deje de mirarme las tetas, señor -dijo Rocío de Miel- o le voy a sacar la mierda a hostias.

Las cosas fueron bien por un tiempo. Hubo una escaramuza con los indios en Blueball Canyon. 37 indios muertos, uno prisionero. Sin bajas americanas. Big Bart le puso una argolla en la nariz...

Era obvio que Big Bart se ponía cachondo con Rocío de Miel. No podía apartar sus ojos de ella. Ese culo, casi todo por culpa de ese culo. Una vez mirándola se cayó de su caballo y uno de los cocineros indios se puso a reír. Quedó un sólo cocinero indio. Un día Big Bart mandó al Niño con una partida de caza a matar algunos búfalos. Big Bart esperó hasta que desaparecieron de la vista y entonces se fue hacia la carreta del Niño. Subió por el sillín, apartó la cortina, y entró. Rocío de Miel estaba tumbada en el centro de la carreta masturbándose.

-Cristo, nena -dijo Big Bart-. ¡No lo malgastes!
-Lárgate de aquí -dijo Rocío de Miel sacando el dedo de su chocho y apuntando a Big Bart-. ¡Lárgate de aquí echando leches y déjame hacer mis cosas!

-¡Tu hombre no te cuida lo suficiente, Rocío de Miel!
-Claro que me cuida, gilipollas, sólo que no tengo bastante. Lo único que ocurre es que después del período me pongo cachonda.
-Escucha, nena...
-¡Que te den por el culo!
-Escucha, nena, contempla...

Entonces sacó el gran martillo. Era púrpura, descapullado, infernal, y basculaba de un lado a otro como el péndulo de un gran reloj. Gotas de semen lubricante cayeron al suelo. Rocío de Miel no pudo apartar sus ojos de tal instrumento. Después de un rato dijo:

-¡No me vas a meter esa condenada cosa dentro!
-Dilo como si de verdad lo sintieras, Rocío de Miel.
-¡NO VAS A METERME ESA CONDENADA COSA DENTRO!
-¿Pero por qué? ¿Por qué? ¡Mírala!
-¡La estoy mirando!
-¿Pero por qué no la deseas?
-Porque estoy enamorada del Niño.
-¿Amor? -dijo Big Bart riéndose-. ¿Amor? ¡Eso es un cuento para idiotas! ¡Mira esta condenada estaca! ¡Puede matar de amor a cualquier hora!
-Yo amo al Niño, Big Bart.
-Y también está mi lengua -dijo Big Bart-. ¡La mejor lengua del Oeste!

La sacó e hizo ejercicios gimnásticos con ella.

-Yo amo al Niño -dijo Rocío de Miel.
-Bueno, pues jódete -dijo Big Bart y de un salto se echó encima de ella. Era un trabajo de perros meter toda esa cosa, y cuando lo consiguió, Rocío de Miel gritó. Había dado unos siete caderazos entre los muslos de la chica, cuando se vio arrastrado rudamente hacia atrás.

ERA EL NIÑO, DE VUELTA DE LA PARTIDA DE CAZA.

-Te trajimos tus búfalos, hijoputa. Ahora, si te subes los pantalones y sales afuera, arreglaremos el resto...
-Soy la pistola más rápida del Oeste -dijo Big Bart.
-Te haré un agujero tan grande, que el ojo de tu culo parecerá sólo un poro de la piel -dijo el Niño-. Vamos, acabemos de una vez. Estoy hambriento y quiero cenar. Cazar búfalos abre el apetito...

Los hombres se sentaron alrededor del campo de tiro, observando. Había una tensa vibración en el aire. Las mujeres se quedaron en las carretas, rezando, masturbándose y bebiendo ginebra. Big Bart tenía 34 muescas en su pistola, y una fama infernal. El Niño no tenía ninguna muesca en su arma, pero tenía una confianza en sí mismo que Big Bart no había visto nunca en sus otros oponentes. Big Bart parecía el más nervioso de los dos. Se tomó un trago de whisky, bebiéndose la mitad de la botella, y entonces caminó hacia el Niño.

-Mira, Niño...
-¿Sí, hijoputa...?
-Mira, quiero decir, ¿por qué te cabreas?
-¡Te voy a volar las pelotas, viejo!
-¿Pero por qué?
-¡Estabas jodiendo con mi mujer, viejo!
-Escucha, Niño, ¿es que no lo ves? Las mujeres juegan con un hombre detrás de otro. Sólo somos víctimas del mismo juego.

-No quiero escuchar tu mierda, papá. ¡Ahora aléjate y prepárate a desenfundar!
-Niño...
-¡Aléjate y listo para disparar!

Los hombres en el campo de fuego se levantaron. Una ligera brisa vino del Oeste oliendo a mierda de caballo. Alguien tosió. Las mujeres se agazaparon en las carretas, bebiendo ginebra, rezando y masturbándose. El crepúsculo caía.

Big Bart y el Niño estaban separados 30 pasos.

-Desenfunda tú, mierda seca -dijo el Niño-, desenfunda, viejo de mierda, sucio rijoso.

Despacio, a través de las cortinas de una carreta, apareció una mujer con un rifle. Era Rocío de Miel. Se puso el rifle al hombro y lo apoyó en un barril.

-Vamos, violador cornudo -dijo el Niño-. ¡DESENFUNDA!

La mano de Big Bart bajó hacia su revolver. Sonó un disparo cortando el crepúsculo. Rocío de Miel bajó su rifle humeante y volvió a meterse en la carreta. El Niño estaba muerto en el suelo, con un agujero en la nuca. Big Bart enfundó su pistola sin usar y caminó hacia la carreta. La luna estaba ya alta.

Charles Bukowski.

domingo, febrero 02, 2003

La lista de Fitzgerald.

Se dedicó durante esa noche a escribir en una hoja el nombre de todas las mujeres que había besado en su vida. Después de haber agotado su memoria acompañó cada nombre con un pequeño número trazado en crayón rojo. El número uno correspondía a la mujer más hermosa, mientras que el número mayor señalaba a la menos agraciada. Los números intermedios estaban --como es sencillo imaginarse-- destinados a las bellezas mediocres. Además del número hubo que señalar con un asterisco en tinta verde los casos en que la mujer había estado con él en la cama. Cuando terminó su labor suspiró profundamente antes de exclamar complacido: "¡Soy Tomás Fitzgerald y todas ustedes son unas putas!".

Tomás Fitzgerald vivía solo en un lujoso departamento obsequio de sus padres. A sus treinta años había probado casi todas las drogas prohibidas a excepción del opio. Era escuálido como una caña de azúcar aunque tenía unos brazos poderosos, consecuencia de los numerosos ejercicios que realizaba todos los días en cuanto sus ojos anunciaban que el sueño había terminado. En su recámara colgaba un costal sobre el que Tomás descargaba sus puños para mantenerse en buenas condiciones marciales. Alguna vez sumido en un extraño estado semiconsciente descargó en el saco más de veinte puñaladas mientras cantaba una canción ranchera. Las noches frías ejercían en su ánimo cambios considerables. Bebía vino tinto en vez de ron blanco, acaso para cerciorarse de que su paladar era capaz aún de hacer diferencias. Amaba combinar el color rosado de un comprimido con el caldo oscuro de un oporto, o el azul pastel de un antidepresivo con el líquido argentino de un vodka helado. Tomás Fitzgerald habría sido un excelente pintor de no haberse decepcionado tan temprano de sí mismo.

En época navideña sus padres le enviaban una considerable cantidad de dinero, además de cajas repletas de viandas importadas. Era un buen administrador: no compraba ropa ni tampoco gastaba demasiado en alimentos. De vez en cuando compraba una sandía o un melón de buen tamaño para acompañar el contenido de sus latas. La mayor parte de su dinero estaba destinado a cubrir servicios indispensables como televisión por cable, cocaína, heroína, teléfono, ron, ketamina, gas, luz e incienso líquido. Tomás Fitzgerald no odiaba a nadie, ni a sus padres ni a ninguna de las mujeres que habían aceptado besarlo. Como era un hombre apuesto tampoco se irritaba cuando otros hombres --casi siempre menos apuestos que él-- le hacían algún tipo de recriminación.

A Tomás nunca se le hubiera ocurrido celebrar Navidad de no haber descendido la temperatura casi hasta los cinco grados. Recordaba que cuando era niño sus padres acostumbraban cenar en restaurantes donde a las once de la noche se brindaba con extraños por el nacimiento de Cristo. Aunque su casa estaba desordenada, el comedor podía recibir a cinco personas e incluso a más. La idea de cenar con mujeres lo estimuló tanto que no pudo resistir la tentación de elevarse todavía más alto. Se preparó una generosa línea triturando los grumos con una navaja suiza legítima. Entonces tomó el teléfono para marcar el único número que conocía de memoria.

-- Tomás, ¿cómo se te ocurre? Me acaban de correr del trabajo. ¿Sabes con cuánto me indemnizaron los cerdos?

-- Ven a vivir conmigo. Te acariciaré las tetas en las mañanas.

-- No puedo creerlo. Si Tomás Fitzgerald quiere hacer una cena de Navidad es que definitivamente Dios no existe.

-- ¿Sabes que he conocido cinco mujeres más guapas que tú? Tengo en mis manos una lista donde tú ocupas el sitio número seis.

-- ¿De qué carajos estás hablando? ¿Qué deseas que lleve a tu fiesta navideña, Tomás?

-- Nada, estás desempleada. Sólo beberemos. Si alguien quiere comer abriré algunas latas.

-- ¿Tienes jeringas?

-- Of course, lady. What kind of crap do you think I am?

-- La voz de Berenice cimbró durante unos minutos los oídos de Tomás Fitzgerald. Ella había sido su compañera durante cuatro meses antes de internarse en una clínica especialista en curar adicciones extremas. Tomás amaba sus cabellos rubios tanto como sus senos breves, ondulados. Berenice era hija de un político encumbrado cuyos discursos se habían vuelto célebres a causa de estar adornados con sentidas parábolas religiosas. Desde niña, Berenice escuchaba a su padre ensayar durante las mañanas sus discursos frente a un espejo que lo contenía de cuerpo entero. Ella habría sido una pianista decorosa de no haber sido porque desde los cuatro años había sido obligada a tomar clases de piano con una maestra particular.

Tomás revisó su agenda para encontrarse con la amarga noticia de que entre los nombres registrados muchos habían emigrado de su memoria: ¿Quién carajos era Fernanda Sologuren? Además faltaban todas las páginas correspondientes a las primeras cuatro letras del abecedario. Y sin embargo, contra su desmemoria, logró reunir suficientes referencias ya que a sus agendados sumó los nombres incluidos en la lista de las mujeres que había besado en su vida. Así fue como Tomás Fitzgerald confeccionó una honrosa lista de invitados a su cena de Navidad.

La tarde del veintitrés de diciembre, Tomás se dedicó a llamar vía teléfono a sus amigos. Muchos números habían sido modificados e incluso varios amigos habían muerto o no vivían más en este país. También se encontró con voces que aseguraban no recordarlo. "Jamás he tenido un amigo con un nombre tan mamón", le espetó antes de cortar la comunicación una mujer de modales histéricos. Tomás se bebió una botella entera de un tinto español, se polveó la nariz e impasible continuó con su tarea.

-- No entiendo por qué quieres hacer tú una cena navideña --le respondió Ramiro, un joven guitarrista que acababa de grabar su primer disco en una compañía independiente.

-- En estas épocas es mejor pasar inadvertido. Si no celebro Navidad mis vecinos comenzarán a sospechar. Si no me ven entrar con un pavo gordo a casa son capaces de llamar a la policía --dijo Tomás.

-- No cuentes conmigo, Fitzgerald. Mi madre tiene cáncer y quiere que sus hijos cenemos esa noche con ella.

-- No te preocupes, hombre. ¿Cómo vas con tu nuevo disco?

-- En verdad lo siento, Fitzgerald. ¿Por qué no invitas a nuestros amigos judíos? Ellos tienen libre esa noche. Estoy seguro de que desean ponerse tan borrachos como los católicos.

-- Es una buena idea, Ramiro. Gracias.

La noche de Navidad Tomás Fitzgerald esperaba siete invitados aunque el timbre de su puerta fue requerido sólo en dos ocasiones. La primera vez por un Santa Clos ebrio que vendía caramelos en forma de estrellas. La segunda ocasión que el timbre chilló fue para anunciar que Berenice estaba detrás de la puerta. Tomás no se sintió en absoluto decepcionado a causa de las ausencias. Por el contrario, abrió varias botellas de champaña e intentó cocinar el contenido de unas latas francesas cuyas etiquetas le resultaban extravagantes: "foie maigre de canard" y "terrine de chevreuil". El cabello rubio de Berenice había crecido de manera ingobernable. Sus ojos eran melancólicos, dulces como las doradas hojas de un árbol a punto de caer. Esa noche conversaron hasta el amanecer acerca de las cosas más simples. Berenice reía como una niña mientras Tomás le acariciaba los senos. A las seis de la mañana escucharon gritos en la calle. Estaban desnudos sobre la cama. Se abrazaron como lo hacían antes de que Berenice fuera internada en la clínica por órdenes de su padre. Los gritos en la calle continuaban. La cena de Navidad había terminado.

Guillermo Fadanelli

jueves, enero 30, 2003

Indolencia.

El tipo del apartamento vecino volvió a golpear la pared, con impaciencia, enfado -que dejáramos dormir, era su reclamo-, como si hubieran sido horas avanzadas de la madrugada y no apenas las once de la noche. Di dos puñetazos sólidos, retadores, en la pared. Luego me eché en la hamaca, con la colilla en la comisura. Era un cobarde, un cretino al que su mujer y sus hijas obligaban a dormir en el sofá de la salita.

Estela lavaba las últimas cacerolas, tarareando la tonadilla de ese negro jamaiquino que tanto le gustaba. Hacía un rato me había contado sus pleitos de oficina, sus ilusiones para la próxima quincena, y en seguida había preguntado sobre lo que yo había hecho a lo largo del día. Pero yo no tenía nada que decir: una vez más me la había pasado tirado en la hamaca, sin ganas de hacer planes.

Me hubiera gustado anunciar que iría a la tienda por unas cervezas, pero a esa hora todo estaría cerrado, hasta mi deseo de buscar pequeños subterfugios, un poco de embriaguez para intentar explicarme de otra manera la noche.

Estela vino a sentarse a la hamaca, con ganas de que la sobara, de que rascara las ronchas de su pantorrilla inmunes a los medicamentos.

Habría que pintar las paredes ­dije.

Un día yo tendría dinero para contratar a ese pintor de brocha gorda que haría de esta mugre una fantasía de colores, una cueva alegre en la que ella sería feliz pese a su salario raquítico, a la estupidez de estar enamorada de un tipo al que nada importaba.

Y urge arreglar el sanitario ­agregué­. Esa fuga de agua acabará con tu salario.

Pero en realidad no me importaba. Ya me había acostumbrado al ruido del agua que escapaba, lo había incorporado a mi transcurrir sedentario, y cuando ella comenzara a quejarse porque su salario no alcanzaba simplemente yo desaparecería.

Quiso besarme, ir un poquito más allá, apelar a la ternura, implorar por el poco jadeo que hacía de la vida algo soportable. Pero no se me antojaba. Le dije que en ese momento no, tal vez más tarde, cuando el calor bajara.

Se puso de pie, empurrada. Fue a la habitación, a preparar la cama, lo que para ella era el nidito de amor, la acolchonada esquina de la ternura, y para mí apenas el sitio más caluroso de ese minúsculo apartamento donde entonces me encontraba refugiado quién sabe de qué; por eso prefería la sala, aunque la hamaca se combara en demasía a causa de la estrechez, aunque el cretino de al lado pegara golpes en la pared.

Entonces ella preguntó si yo había decidido ya a lo que me dedicaría en el futuro o si al fin de cuentas terminaría regresando a la cochina publicidad, a mi escritorio de copywriter donde me había podrido durante los últimos seis años, a la asquerosa empresa en la que ella era además la secretaria más guapa, la más codiciada por los cachorros ejecutivos. Pero sólo preguntaba para fastidiar, para obligarme a dejar la hamaca.

-Apenas he pasado cinco días aquí y ya querés que me vaya- mascullé.

-Yo no he dicho eso -dijo. Estaba desnuda, bajo el umbral, apartando el trapo que servía de cortina entre la salita y el nidito de amor-. Yo quisiera que te quedaras para siempre.

Hubiera debido conmoverme hasta las lágrimas, saltar de la hamaca para comérmela a besos, pero sólo me gustaba a ciertas horas. No ese preciso instante.

Sí, llevaba cinco días encerrado en ese apartamento, después de haber abandonado abruptamente mi empleo, mi hogar, mis ganas de hacer algo. Había buscado explicaciones, desde esa hamaca, cuando ella estaba en el trabajo y las horas pasaban indolentes: era como si de pronto se me hubiera acabado la gasolina o como si me hubiera desenchufado de lo que le da sentido a la vida algo así.

Pero ella no se daría por vencida tan fácilmente, aunque yo ya le había repetido que el enamoramiento me era extraño, que le tenía cariño, sí, y me encantaba reptar entre sus piernas, pero que las ilusiones eran peligrosas, capaces de corromper lo poco, de arruinar lo apenitas.

Volvió a sentarse en la hamaca, apelando a la carne, a lo incuestionable, sabiduría de siglos, certeza de que la erección estaría ahí, inevitable, y que bastaría con el inicio de la frotación para que el zamaqueo fuera creciendo hasta que el vecino golpeara de nuevo la pared con impaciencia, hasta que las hebras de la hamaca amenazaran con desollar mi trasero.

Volví al sosiego, sin salir de la hamaca, mientras ella se ponía de pie y se dirigía al baño. Pensé en la que hasta hacía menos de una semana había sido mi mujer, la gorda, la madre de mi hija, de esa niña en cuya inocencia se filtraban los genes más nefastos de su abuela materna, de esa masa de carne que más de una vez llamé suegra. La pobre gorda, no lo creyó, supuso que era otra de mis bravuconadas, que regresaría a la medianoche, intoxicado de alcohol y que a la mañana siguiente estaría con una agobiante resaca moral, pidiendo disculpas, luchando contra la temblorina para no llegar tarde al trabajo. Por eso ni me puso atención cuando le dije que estaba hasta el culo de ella, de la niña, de esa estupidez llamada hogar; cuando le dije que por nada en el mundo volvería a ese trabajo que me había calcinado el alma, que me iría para siempre, no volverían a verme, me convertiría en otro.

Y ahora estaba ahí, con otro cigarrillo en la comisura, quizás apenas a un kilómetro de la que había sido mi casa, de la amargura que ninguna falta me hacía, escuchando la fuga de agua, los pasos de Estela hacia la cama, los autos que aún a esa hora de la noche tronaban en el eje vial de abajo. Porque el apartamentito estaba en un cuarto piso, como si hasta el encumbramiento me hubiera hecho falta para escapar de lo que yo era, de lo que había sido, de lo que seguramente nunca dejaría de ser.

Estela me llamó, que ya me fuera a la cama. Le dije que en un momento llegaría, aunque a esta altura tampoco a ella le importaba: había tenido su dosis de semen y en un par de minutos estaría dormida, plácida, feliz de lo que ella llamaba mi locura. Lo que me gustaba era que ella nunca había dudado: ni cuando le pedí posada, ni cuando le aclaré que eso no significaba que yo quisiera ser su pareja soñada, ni cuando le informé que no sólo abandonaría mi hogar sino también mi empleo, ni cuando le exigí que guardara absoluto silencio ­en especial en la oficina­ sobre mi paradero, ni cuando le insistí en que mi único plan era permanecer unos quince días en su apartamentito mientras decidía qué hacer con mi vida. No hubo objeciones, sólo la aprobación tácita, la obediencia, hasta visos de entusiasmo. Y los primeros dos días la interrogué con rigor, busqué contradicciones, el menor resquicio, porque me parecía imposible que ella me fuera leal, que se mantuviera callada en medio de aquel chismerío oficinesco que tan bien yo conocía. Pero a esta altura, cuando sentía como si hubiera pasado mi vida fumando en esa hamaca, ya ni eso me interesaba.

Finalmente me puse de pie. Fui a la habitación a ver a Estela despatarrada sobre la cama, a constatar la hora en el despertador, a apagar la luz. Luego salí al pasillo que unía a los cuatro apartamentitos de ese piso. Me apoyé en el balcón.

Corrientes de aire de medianoche refrescaron mi rostro. Estaba en calzoncillos, descalzo, con la mirada fija en la sombra de los árboles, en la penumbra de la calle. Se agradecía el silencio en ese lugar que durante el día era una agresiva promiscuidad de ruidos, donde la privacidad era una ilusión y el griterío la regla. Entré por un cigarrillo, por una camiseta que me evitara un enfriamiento; también me puse los pantalones y los tenis. Luego apagué las luces. El apartamentito, y todo el edificio quizá, quedó a oscuras. Salí de nuevo al balcón y cerré la puerta tras de mí.

De pronto la noche se me abrió de otra manera, como si estuviera a punto de aparecer una señal, algo que enderezaría el rumbo de mi vida. Volvía a apoyarme en el balcón, con el cigarrillo en la comisura. Una vez, muchísimos años atrás, cuando salía de la adolescencia, repleto de fe e ilusiones esotéricas, con un grupo de amigos acampamos en la montaña más alta del país, buscábamos entrar en contacto con inteligencias extraterrestres

Lancé la colilla al vacío. Esperaba que alguna luz se encendiera, que alguien abriera una puerta, una aparición, una señal, lo que fuera; pero sólo el viento nocturno coleteaba entre los árboles. Pensé en lo que pasaría si me tiraba al vacío: mi cuerpo caería despanzurrado, más de algún vecino armaría el alboroto, vendría la Cruz Roja, seguramente no moriría sino que terminaría inválido en manos de la gorda, de la niña, de la suegra, y algunos colegas de trabajo irían a visitarme con su mejor mueca de conmiseración.

Aspiré profundamente. Abrí la puerta; luego cerré con doble llave. Fui a la habitación, me desnudé y con sigilo me deslicé bajo las sábanas.

Horacio Castellanos Moya

martes, enero 28, 2003

El embarazo de Clarisa.

Hace cuatro meses que se había acostado con Pedro, su novio, hace cuatro meses todo era risas, gemidos y caricias inseguras, hace cuatro meses había conocido el amor detrás de una de las bancas del parque, hace cuatro meses Pedro le había dicho al oído cuanto la amaba.

Ahora cuando se lo dijiste se fue sin decirte adonde, se fue y te dijo que ya no lo buscaras, te dejo sola. Ahora mi pequeña Clarisa, lloras, lloras como la niña que eres, lloras sobre la cama, las lagrimas te caen por las mejillas, te muerdes el labio tratando de que ese dolor opaque al que traes en el corazón, piensas, piensas en lo que pensará tu madre cuando se lo digas, ¿en que pensara Clarisa ? Llora mi niña, deja que el dolor se te escape por los ojos.

¿Qué vas hacer? Tomaras mi viejo revolver que esta arriba del closet o se lo dirás a tu madre cuando regrese del trabajo. Piénsalo bien hija, deja que tus treces años de vida te den la respuesta correcta.

Sabes que si yo estuviera ahí contigo, te abrazaría y te protegería, pero ya no puedo, Clarisa perdóname por ello, sabes que si aun viviera...

¡Clarisa!

Bruno Drake